Don't move, let the wind speak: that is paradise.
Ezra Pound

lunes

ANILLADOS

Cómo se encuentra la metáfora para hablar de lo que ya no existe. Cómo, cuando antes era todos los sinónimos de la vida y del color. Decir que se murió el amor es una manera bastante pobre del decir, es impreciso eso: se terminó un modo de hacerlo funcionar, el que conocíamos. Qué pena y qué ganas de repetir todas las frases cursis de las poetisas capaces de darse muerte; cuando saliste me dieron ganas de vomitar, eso es lo único que me sale. Y la pena, que no se fue por mi boca, sigue y me embaraza. Pensar que ya teníamos los nombres para nuestros hijos, ¿qué va a pasar ahora?. Te veo mirarme cuando te llama el espanto, no acuso tu mirada testigo de algo que lo sublima, quizás lo mismo sucede con la mía. No es bueno unirnos así, te prometo intentos y todo sale en medias tintas, como si no latiera el pulso; ¿acaso estamos muertos? Hace una hora saliste por ahí, agobiado de mí, enfermo conmigo; me pregunto si el frío de la calle es mejor refugio que el hogar que creímos armar. Fumás y tomás, y te siento como un adolescente que intenta ser otra cosa, pasar, de una vez, por ese tránsito, dejar de ser. Creo que no nos entendemos, yo quiero alguien que me mire con la emoción de quien sabe contemplar un atardecer de verano y vos querés alguien que sonría como yo solía sonreirte cada vez que me mirabas. Esos son los trueques con la muerte, no cabría duda a la distancia; pero todavía estás en el umbral de este lugar ya sin posesivo y si volvés me dará alergia el olor a ese humo que habías decidido dejar cuando creíamos que habíamos encontrado en el otro un placebo para nuestras miserias, y si no, otra vez la nausea.

sábado

AFUERAS

Uno no elige algunas cosas: no, dónde nace; no, cuándo… En qué momento esa incompetencia se vuelve materia de nuestras decisiones más vitales y definitorias es un misterio. O, al menos, lo fue para mí. Resulta curioso sospechar que los eventos menos explicables de algunas vidas son, en otros casos, asuntos insignificantes; enigma del encanto de las microhistorias.
Desde pequeña tuve una particular atracción por los relatos, aun hoy recuerdo fragmentos de charlas familiares, cuentos de mi abuelo, lecciones de las maestras. Juntos tejen el manto de palabras que me acuna cada noche con el canto de todos mis mundos pasados, hechos sustancia de los sueños. Una vez escribí, en alguno de todos los papeles que hicieron las veces de diarios de mi no sabida intimidad, que seguro existía un camino más glamoroso en la búsqueda de las palabras que lograran hacerme ‒porque eso es, finalmente, lo que me ha guiado‒, yo no supe dar con él; el glamour no es mi tema, será que, ante todo, soy una chica de barrio. Me moví durante muchos años entre el vértigo y la anarquía de las fronteras, creo que aprendí a sentirme cómoda en esa zona extrañamente invitadora; no saber si uno está dentro o fuera de un espacio otorga ciertos beneficios, una especie de inmunidad de diplomático. Uno se pasea por la vida sin mucho riesgo, anda… El problema surge en el momento en el que uno pretende sentarse un rato a ver qué quedó detrás.
Es común la idea de un punto de quiebre, de ese instante a partir del cual uno observa las cosas de un modo distinto a como venía haciéndolo. Epifanías. Si bien puede resultar la piedra de toque del aprendizaje, ese instante revelador tiene un efecto violento. Nuestro inestable ordenamiento se pone de cabeza y, con ello, todos los autorretratos que habíamos coleccionado hasta entonces. El barrio, las calles, los personajes y nuestras tramas, incluso los que mejor supimos atesorar, pasan a ser foco de peligro para nuestra invisible revolución. Pero también es común la idea del cambio constante como modo de prevenirse contra cualquier tipo de alteración. Estos tipos de aporías son los que me han impulsado, a pesar de cualquier resabio de buen juicio, al distanciamiento, la introspección y al amor por las afueras, único territorio en el que me siento cerca de mí. Anhelante de la sencillez de una vida en la que cocino huevos duros para las personas que amo, pero cerca de mí.

martes

AEROPUERTO INTERNACIONAL EL PASO: el dónde del poeta

[notas de frontera]
El 22 de octubre de 1960, Paul Celan leyó un discurso en mención del premio Georg Büchner que le había sido concedido. La página oficial de la Casa Blanca de los Estados Unidos de Norteamérica tiene entre sus archivos digitalizados un discurso que George Bush leyó en el Aeropuerto Internacional de El Paso, Texas, el 21 de marzo de 2002.
No se trata de un cuadro de doble entrada que coteja lo incomparable; se trata de indagar acerca de una sensación que (me) atraviesa (en) ambas lecturas.
La provocación de poner a andar en misma ruta dos materiales tan asimétricos es anecdótica; la posibilidad del contacto y la fuerza explosiva de la intersección deberán superar cualquier indicio de sarcasmo. ¿El cruce entre un discurso poético y un discurso político resulta una radiografía precisa de nuestros días? El poema del duelo de una humanidad roída por la experiencia del nazismo, el poema del duelo por la pérdida de lo insustituible de la presencia misma. Redes globales de ayuda al viajero conviven con, cada vez más, muros interestatales; y, mientras las “nuevas” tecnologías aceleran el tránsito de información de todo tipo, color y forma, la experiencia del destiempo se torna curiosamente invitadora. De memoria. Par coeur. Así aparecen escritos los diagnósticos de esta época por cualquier estudioso de bon coeur, como si en la repetición de lo correcto estuviera la génesis de un grupo de pertenencia, un tipo inquietante de autoayuda. Derrida juega, en su Che cos `e la poesia?, con el significado de las palabras coeur (corazón) y par coeur (de memoria) para explorar lo poético, la experiencia poética, o poemática (en tanto implica un pathos), y entiende que esto poético sería aquello que deseas aprender, pero de lo otro, gracias a lo otro y bajo su dictado, con el corazón[1]. Ante estas consideraciones podría tratarse más que del poema de un duelo, del poema de un consuelo.
Consuelo como lamento compartido, como llamado a la autodefensa nacional, como la posibilidad de la amistad en la frontera, amigos de estación, autocomplacencia con escalas.
Pero, ¿por qué este intento estético?, ¿por qué poesía? ¿Qué tiene que ver la poesía?, qué el du starbst nicht den malvenfarbenen Tod[i] de Paul Celan.
Quizás se trate de otra cara del consuelo, de un consuelo al que se le puede percibir algo de rostro, en el sentido de Levinas “el rostro como la extrema precariedad del otro. Paz como un despertar a la precariedad del otro”[2].
De la lectura conjunta de los discursos de Celan y Bush trazaremos un recorrido que intenta partir desde la aporía de la frontera de lo humano, la poesía, igual que la muerte, como experiencias de lo imposible; pasar por la violencia del duelo, de la interpelación; para confluir en la travesía de las representaciones, la escritura, la libertad y la (im)posibilidad de adscripción a un momento histórico de una identidad colectiva.



[1] DERRIDA, J. “Che cos`e la poesia?” en http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/poesia.htm
[2] En BUTLER, J. Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Paidós, Bs.As., 2006, p. 169.

[i] no moriste de muerte color malva. CELAN, P. en “Media Noche”, en Amapola y Memoria, Hiperión, Madrid, 2005, p. 35.

EL ARGENTINO COMO VOCACIÓN


Autobiografía y ficción en el idioma de los argentinos
Si uno se pone a revisar el material literario de las últimas décadas de nuestro país, no con demasiada pericia puede notar que la relación entre esas producciones, por disímiles que sean, y las napas ideológicas que han estado latiendo en esas mismas décadas es una relación de intimidad, cuando menos, próxima.
La no tan afamada como prolífera ‘nueva literatura’, desde Martín Rejtman hasta Pola Oloixarac (representantes también de nuevas generaciones de gente de letras que importan imágenes propias de sus mundos etarios, que mudan la práctica del encuentro a los lounges de las editoriales que se despuntan con ellos y aproximan el acontecimiento a un evento más de la mercadotecnia), mucho ha de contarnos del desguace neoliberal de las postrimerías de los noventa en la Argentina.
Sin embargo, nos habla también de una renovación y continuación del hábito de la escritura; de una búsqueda formal que implica un acercamiento al ámbito del diseño; y de un considerable movimiento en la industria editorial. Una extensa lista de editoriales ha entrado al mercado en los últimos veinte años, signo de una lista así de extensa de nuevos gestores culturales que vienen a ocupar el lugar que las editoriales monstruo no abastecen, microemprendimientos independientes, por necesidad o elección, que vehiculizan la publicidad de estos autores noveles que escriben la Argentina de hoy. La relación entre literatura e historia parece indisociable.
La propia historia de la formación de la República Argentina se dio activamente en un plano narrativo, cómo escribir los primeros relatos parecía tener un valor adicional sobre el devenir de los acontecimientos. El pasado era la ruptura, y la sensación de cuenta cero no es lo mismo que la tabla rasa, en ese sentido, el peso de la historia se hará cuerpo en cada uno de esos textos que hoy nos la cuentan. Esta peculiaridad en el cruce entre literatura e historia dotará a las polémicas resultantes de su seno de un fuerte contenido autobiográfico. Aunque no se explicite como el relato de la propia vida, los portavoces de las distintas generaciones se presentarán como narradores que dan su parecer, juzgan los acontecimientos, aparecerán como testigos en una zona fronteriza desde la que constituyen y se constituyen; y como un espejo deformante, equivalente a esta zona de subjetividad, o voz propia, se manifestará la ficción como motor de la identidad colectiva que se pretende establecer.
Esta relación ambivalente entre procesos de identificación colectivos y desarrollo de identidades particulares será nuestro objeto de estudio, en el período que va desde la ruptura política con España hasta las primeras décadas del siglo XX.
La voz, la palabra y la autoridad se sintetizan en el relato legitimado, pero el relato también modifica el curso de la voz. Beatriz Sarlo recurrirá a la categoría de ‘imaginación histórica’ para explicar el modo de establecer una jerarquía causal en un momento vivido como crítico. La imaginación histórica propone un conjunto de personajes y una organización narrativizada de sus relaciones y, al hacerlo, recurre a la ideología, a la retórica y a la experiencia[1]. Estos tres elementos estarán presentes en todas las respuestas que se quiso o pudo dar a cómo hacer de la lengua heredada de la metrópoli una lengua propia.
Pensar nuestro idioma o, específicamente, su origen, en un momento de la historia del mundo en el que las identidades vuelven a estar colapsadas por procesos de fragmentación y, paralelamente, de recrudecimiento; cuando fuertes reivindicaciones nacionalistas conviven con tendencias desideologizantes que impregnan en la fisionomía de esa misma ciudad que, en el foco de nuestro estudio, recién estaba naciendo es complejo. Existe un lenguaje de todas las cosas, el de las ciudades es quizás uno de los más evidentes. Leer a Borges diciendo que el idioma de los argentinos es la charla en el café, hace pensar que ese café ya casi no existe y que ese idioma, seguramente, tampoco.
La actualidad de la temática que nos ocupa está anclada, sobre todo, en la actualidad de las microhistorias. Si bien no será la biografía el modo de encarar lo que llamamos “historias de vida”, creemos que el estudio de esta dimensión no puede desestimarse en el análisis de un proyecto colectivo, del tipo que sea. El desarrollo de la gesta de los distintos personajes que han participado de la trama de la constitución de nuestra lengua (el político, el ideólogo, el historiador, los nuevos habitantes y sus peculiaridades, el escritor, el poeta) puede llegar a ser la piedra de toque que lleve ese pasado remoto al plano vital del decurso de las palabras en nuestro más cercano entorno.

 [1] Sarlo, Beatriz, Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920-1930, Buenos Aires, Nueva Visión, 2007, pp. 207.




miércoles

ábacos

Recuerdo que en preescolar nos enseñaban a contar; sí, creo que fue ahí. Es curioso pensar que algún día uno tuvo que aprender cosas como esas.