Uno no elige algunas cosas: no, dónde nace; no, cuándo… En qué momento esa incompetencia se vuelve materia de nuestras decisiones más vitales y definitorias es un misterio. O, al menos, lo fue para mí. Resulta curioso sospechar que los eventos menos explicables de algunas vidas son, en otros casos, asuntos insignificantes; enigma del encanto de las microhistorias.
Desde pequeña tuve una particular atracción por los relatos, aun hoy recuerdo fragmentos de charlas familiares, cuentos de mi abuelo, lecciones de las maestras. Juntos tejen el manto de palabras que me acuna cada noche con el canto de todos mis mundos pasados, hechos sustancia de los sueños. Una vez escribí, en alguno de todos los papeles que hicieron las veces de diarios de mi no sabida intimidad, que seguro existía un camino más glamoroso en la búsqueda de las palabras que lograran hacerme ‒porque eso es, finalmente, lo que me ha guiado‒, yo no supe dar con él; el glamour no es mi tema, será que, ante todo, soy una chica de barrio. Me moví durante muchos años entre el vértigo y la anarquía de las fronteras, creo que aprendí a sentirme cómoda en esa zona extrañamente invitadora; no saber si uno está dentro o fuera de un espacio otorga ciertos beneficios, una especie de inmunidad de diplomático. Uno se pasea por la vida sin mucho riesgo, anda… El problema surge en el momento en el que uno pretende sentarse un rato a ver qué quedó detrás.
Es común la idea de un punto de quiebre, de ese instante a partir del cual uno observa las cosas de un modo distinto a como venía haciéndolo. Epifanías. Si bien puede resultar la piedra de toque del aprendizaje, ese instante revelador tiene un efecto violento. Nuestro inestable ordenamiento se pone de cabeza y, con ello, todos los autorretratos que habíamos coleccionado hasta entonces. El barrio, las calles, los personajes y nuestras tramas, incluso los que mejor supimos atesorar, pasan a ser foco de peligro para nuestra invisible revolución. Pero también es común la idea del cambio constante como modo de prevenirse contra cualquier tipo de alteración. Estos tipos de aporías son los que me han impulsado, a pesar de cualquier resabio de buen juicio, al distanciamiento, la introspección y al amor por las afueras, único territorio en el que me siento cerca de mí. Anhelante de la sencillez de una vida en la que cocino huevos duros para las personas que amo, pero cerca de mí.
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